viernes, 21 de julio de 2017

Casa de citas / Hemingway / Una chica



Ernest Hemingway
UNA CHICA

   Una chica entró en el café y se sentó sola en una mesa junto a la ventana. Era muy linda, de cara fresca como una moneda recién acuñada si vamos a suponer que se acuñan monedas en carne suave de cutis fresco de lluvia, y el pelo era negro como ala de cuervo y le daba en la mejilla un limpio corte en diagonal.
   La miré y me turbó y me puso muy caliente. Ojalá pudiera meterla en mi cuento, o meterla en alguna parte, pero se había situado como para vigilar la calle y la puerta, o sea que esperaba a alguien. De modo que seguí escribiendo.
El cuento se estaba escribiendo solo y trabajo me daba seguirle el paso. Pedí otro ron Saint James y sólo por la muchacha levantaba los ojos, o aprovechaba para mirarla cada vez que afilaba el lápiz con un sacapuntas y las virutas caían rizándose en el platillo de mi copa.
   Te he visto, nena, y ya eres mía, por más que esperes a quien quieras y aunque nunca vuelva a verte, pensé. Eres mía y todo París es mío y yo soy de este cuaderno y de este lápiz.
Ernest Hemingway.


Ernest Hemingway
París era una fiesta



jueves, 20 de julio de 2017

Casa de citas / Pilar Reyes / Todo verdadero lector

J.D. Salinger

Pilar Reyes
TODO VERDADERO LECTOR

Todo verdadero lector tiene un escritor de culto. Aquel que se sigue libro a libro, al margen del resultado. Sus lectores fieles celebran sus aciertos pero lo acompañan en sus fracasos, deciden compartir su mundo, tan imperfecto y dispar como la vida misma.



miércoles, 19 de julio de 2017

Casa de citas / García Márquez / Cinco libros



Gabriel García Márquez
CINCO LIBROS

Por fortuna, los libros de la vida no son tantos. Hace poco, la revista Pluma, de Bogotá, le preguntó a un grupo de escritores cuáles habían sido los libros más significativos para ellos. Sólo decían citarse cinco, sin incluir a los de lectura obvia, como La Biblia, La Odisea o El Quijote. Mi lista final fue ésta: Las mil y una noches; Edipo rey, de Sófocles; Moby Dick, de Melville; Floresta de la lírica española, que es una antología de don José María Blecua que se lee como una novela policíaca, y un Diccionario de la lengua castellana que no sea, desde luego, el de la Real Academia. La lista es discutible, por supuesto, como todas las listas, y ofrece tema para hablar muchas horas, pero mis razones son simples y sinceras: si sólo hubiera leído esos cinco libros -además de los obvios, desde luego-, con ellos me habría bastado para escribir lo que he escrito. Es decir, es una lista de carácter profesional. Sin embargo, no llegué a Moby Dick por un camino fácil. Al principio había puesto en su lugar a El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, que, a mi juicio, es una novela perfecta, pero sólo por razones estructurales, y este aspecto ya estaba más satisfecho por Edipo rey. Más tarde pensé en La guerra y la paz, de Tolstoi, que, en mi opinión, es la mejor novela que se ha escrito en la historia del género, pero en realidad lo es tanto que me pareció justo omitirla como uno de los libros obvios. Moby Dick, en cambio, cuya estructura anárquica es uno de los más bellos desastres de la literatura, me infundió un aliento mítico que sin duda me habría hecho falta para escribir.




martes, 18 de julio de 2017

Casa de citas / García Márquez / ¿Por qué la gente me quiere tanto?

Gabriel García Márquez con Mercedes Barcha

García Márquez
¿Por qué la gente me quiere tanto?

Cuando venía de México aquí a pasar temporadas, la vida de García Márquez era una vida de amigos y celosa de su privacidad, dice el escritor Óscar Collazos, amigo suyo y vecino de esta ciudad. Según explica, Cartagena era “el pie a tierra con Colombia” de este artista desarraigado que nació en un pueblo costeño y pasó por Bogotá y estuvo unos años en Barcelona y en París y residió décadas en la ciudad de México y viajó por aquí y por allá y que, en medio de todo esto, dónde realmente arraigó fue en el territorio imaginario de sus novelas. Por lo general él y su esposa pasaban el tiempo en su casa o en casa de sus amigos. Gabriel García Márquez era demasiado famoso y demasiado adorado como para salir a menudo a pasear por Cartagena, la bella. Aunque alguna vez lo hacía. Ya en los últimos años, cuenta Collazos delante de una taza de café, él y su esposa intentaron un día dar una vuelta por la ciudad. La gente los empezó a seguir para decirle hola, para tocarlo, para verlo, para pedirle un autógrafo o para hacerle todas esas cosas a la vez. El novelista miró a Mercedes y le hizo una pregunta desde una página difusa de su memoria.



lunes, 17 de julio de 2017

Triunfo Arciniegas / Diario / Un domingo de equivocaciones




Triunfo Arciniegas
UN DOMINGO DE EQUIVOCACIONES
Ciudad de México, 16 de julio de 2017



Fuimos en el metro hasta la estación Hidalgo, donde comienza el parque de La Alameda, y caminamos hasta el Museo Franz Mayer, pero no encontramos a Tim Burton. La exposición ni siquiera estaba anunciada. De todas maneras, entramos a ver los numerosos objetos que Mayer coleccionó a través de su vida: cuadros, relojes, sillas, baúles, platos, jarrones. Y nos encontramos con una maravillosa exposición japonesa: katanas, trajes de samurais y geishas, pinturas. Dos horas después estábamos absolutamente rendidos y, como no teníamos tiempos para el Museo de la Estampa, segunda parada del recorrido dominical, fuimos directamente a Bellas Artes, al otro lado de la avenida Hidalgo. La fila para ver a Picasso y Diego Rivera ya salía del edificio. Decidimos buscar al señor de los libros de diseño en la calle Condesa, pero no estaba. Nos dijeron que sólo abría los fines de semana. ¿Qué entenderá por fines de semana? Lo hemos buscado tres o cuatro veces en este viaje. 


Nos quedaba una última parada del recorrido: la exposición de fotografías de Yasmina del Real en el Claustro de Sor Juana. Tenía anotada la dirección en mi libreta, Izazaga 92, y había leído un texto de la fotógrafa en La Jornada. "No hay nada de lo humano que no esté atravesado por el cuerpo. Y no hay nada en el cuerpo que no sea límite. Intervención. La nostalgia del ser. El anhelo de lo perdido. El cuerpo no es la metáfora de la humanidad, es la metáfora del tiempo. Donde la contradicción hace nido. No hay ficción más profunda que el cuerpo." Son las palabras de Yasmina, bastante enredadas, aunque la foto que acompaña al texto de La Jornada me encantó: una mujer tendida sobre un colchón cubierto con una sábana. Se ven las piernas y los brazos de la mujer pero no su rostro. Su cabeza, envuelta en la misma tela blanca que cubre el cuerpo, reposa sobre la almohada. Dos ventanas dan al interior de la casa. En la pared, una cuerda colgada de un clavo, y nada más. La luz envuelve a la mujer. El resto del cuarto permanece en la penumbra. La austeridad del cuarto acentúa la soledad de la mujer.

Guiados por Google, nos pusimos en camino. Caminamos dos meses, como dijo Alejandra: de 5 de mayo a 5 de febrero. En el mismo Centro Histórico, pero lejos, lejos, lejos. El Claustro de Sor Juana estaba cerrado.


Triunfo según Alejandra
Ciudad de México, 16 de julio de 2017


Para aliviar un poco este domingo de equivocaciones, entramos a una nevería de la calle Isabel la Católica y me entretuve tomando fotos de un árbol. Del árbol y la gente que pasaba por su lado. Creo que así salvé la jornada.

Estábamos muertos del cansancio. Por suerte, encontramos a la vuelta de la esquina una estación del metro y volvimos a casa.




domingo, 16 de julio de 2017

Casa de citas / Vargas Llosa / La ficción


Ilustración de Triunfo Arciniegas

Mario Vargas Llosa

LA FICCIÓN

El contador de historias es el primer oficiante de una inconmensurable superchería vital, de la que derivan el teatro, el cine, las novelas, las artes plásticas, el circo, la ópera, la religión, el psicoanálisis y mil otras instituciones, disciplinas, prácticas, ciencias o seudociencias y sin la cual, por lo visto, ningún hombre podría vivir: la ficción. Ella es indispensable a todos y a todas y ella infecta o contagia las más diversas actividades humanas, a veces de manera deliberada y otras espontánea y casual, y en ciertos casos de un modo tan recóndito que es poco menos que imposible detectar su presencia. Su manifestación primera es la del cuento, pequeña historia que es también gesto, música y representación cuando nos llega a través de un contador. Hay en éste, siempre, algo que nos inquieta y conmueve; tal vez, que su presencia de alguna manera nos hace intuir la de sus antecesores, ese antiquísimo linaje, y nos vincula con esos remotos hombres del garrote y la incisión mágica que, como nosotros ahora, en el alba de la historia, con una mezcla indefinible de fruición, expectativa, impaciencia y a veces miedo, también creían, soñaban y vivían emocionalmente esa vida ficticia de los cuentos que escuchaban.



Casa de citas / Vargas Llosa / Borges

Jorge Luis Borges
Poster de T.A.
Mario Vargas Llosa

BORGES

Borges, por cierto, sigue vigente. Tal vez más que cuando murió, hace 30 años. Hoy nadie discute su magisterio ni el protagonismo que tiene en la literatura contemporánea, no solo latinoamericana. Es la gran figura de los últimos 50 o 60 años en la lengua española, sin ninguna duda. Me parece tan indiscutible como Cervantes, Joyce o Faulkner. Todos hemos aprendido de él. Y eso, es cierto, sin escribir novelas. De hecho, sentía cierto desprecio por la novela. Todos los perfeccionistas han visto siempre la novela con reticencias porque es un género imperfecto. La perfección no es novelesca. La novela es el retrato de un mundo en el que la imperfección es la norma. Por eso refleja tan bien una sociedad en permanente movimiento.



Casa de citas / Vargas Llosa / Nicolás Maduro




Mario Vargas Llosa
NICOLÁS MADURO


Me pregunto cómo terminará sus días Nicolás Maduro: ¿igual que Fidel Castro, bien arropado por su guardia pretoriana en el cuartel misérrimo en que habrá convertido Venezuela, o entre rejas como el general Videla, en Argentina, o como Fujimori en el Perú? La verdad es que probablemente ninguno de la larga fila de sátrapas que ha padecido América Latina haya llevado a cabo peores hazañas que el antiguo chofer de autobuses al que el comandante Chávez dejó como heredero (para que no le hiciera sombra). Ha sumido en la ruina más absoluta a uno de los países más ricos del continente, que ahora se muere literalmente de hambre, de falta de medicinas, de trabajo, de salud, tiene la más alta inflación y criminalidad en el mundo, está quebrado y es objeto de la repulsa y condena de todas las democracias del planeta. Antes sólo perseguía y encarcelaba a quienes se atrevían a criticarlo. Ahora también mata, y a mansalva. Sus colectivos chavistas, bandas de malhechores en motos y armados, han perpetrado ya más de sesenta asesinatos en las últimas semanas, ante la respuesta valerosa del pueblo venezolano que se ha volcado a las calles frente a la amenaza gubernamental de reemplazar el Congreso por una asamblea de sirvientes no electos sino nombrados a dedo, como lo hacían Mussolini y la URSS. Cada día que pasa con Maduro en el poder la agonía de Venezuela se agrava; pero todo parece indicar que el final de ese vía crucis está cerca. Y ojalá que los responsables de la hecatombe económica y social que ha producido el chavismo, empezando por Nicolás Maduro, reciban el castigo que merecen.

El País, 3 de junio de 2017



sábado, 15 de julio de 2017

Triunfo Arciniegas / Diario / Pesadilla II



Triunfo Arciniegas
Pesadilla II
Ciudad de México, 15 de julio de 2017

Me deslizo por laberintos de espanto. Padezco las secuelas de un secuestro de tres décadas. La otra noche soñé que había vuelto al magisterio y, que los dioses me perdonen, había caído tan bajo que era amigo y cómplice del rector. Pero la pesadilla de anoche no tiene perdón ni excusa: era el rector.

Triunfo Arciniegas / Diario / Pesadilla




viernes, 14 de julio de 2017

Casa de citas / Clarice Lispector / Caballo

Fotografía de Wojtek Kwiatkowsk


Clarice Lispector
CABALLO

La forma del caballo representa lo mejor del ser humano. Tengo un caballo dentro de mí que raramente se expresa. Pero cuando veo a otro caballo entonces el mío se expresa. Su forma habla.




Casa de citas / Clarice Lispector / Como a un perro




Clarice Lispector

COMO A UN PERRO
Alguien que me recoja como a un perro humilde, que me abra la puerta, me regañe, me alimente, me quiera severamente como a un perro, eso es lo que quiero, como a un perro, como a un hijo.






Casa de citas / Clarice Lispector / Hambre y presencia





Clarice Lispector

HAMBRE Y PRESENCIA




Echar de menos es un poco como el hambre. Sólo se pasa cuando se come la presencia. Pero, a veces, el echar de menos es tan profundo que la presencia es poco: se quiere absorber a la otra persona entera. Esa gana de ser el otro para una unificación entera es uno de los sentimientos más urgentes que se tiene en vida.


MESTER DE BREVERÍA
Clarice Lispector / Autorretrato
Clarice Lispector / De noche

DE OTROS MUNDOS
Clarice Lispector / Devaneo y embriaguez de una muchacha
Clarice Lispector / Amor
Clarice Lispector / Una gallina






jueves, 13 de julio de 2017

Triunfo Arciniegas / Diario / Toto







Triunfo Arciniegas
Toto
Ciudad de México, 12 de julio de 2017

Uno viaja y los animalitos se quedan en casa. Llegaron en estos días unas fotos de Toto, feliz, revolcándose entre mis cobijas. Se escapó de la terraza y lo encontraron en mi cama. Toto del Carmen sigue conmigo, porque Aníbal Lester, el más reciente de mis perros, pasó a las manos de Alejandra, quien en este viaje lo dejó con su hermana Verónica.

Es un lío viajar tanto y mantener un animalito. Se enferman y se deprimen cuando se quedan solos. No puedo dejar de viajar. El otro día escribía que uno debería ser al menos dos: uno podría viajar mientras el otro se encargaría de los asuntos cotidianos y los afectos domésticos. 

En fin, no fui capaz de desprenderme de Toto. Le dije a Alejandra que le buscara dueño a Aníbal y, por suerte, prefirió quedárselo. Le encantan los animales, sobre todo los gatos y los perros. Pero cierta alergia le impide acercarse a los gatos. Se consuela haciéndoles fotos.

El gusto por los perros se lo heredamos todos a nuestro padre. Mamá los detestaba y ahora entiendo por qué: tenía que encargarse de su cuidado. Los llamaba chungos. No sé por qué la mirada de los perros siempre me recuerda a mi padre.





miércoles, 12 de julio de 2017

Así comienza Apegos feroces, de Vivian Gornik



Vivian Gornik
APEGOS FEROCES

Tengo ocho años. Mi madre y yo salimos de nuestro apartamento, que da al rellano del segundo piso. La señora Drucker está de pie, junto a la puerta abierta del apartamento de al lado, fumando un cigarrillo. Mi madre echa la llave y le pregunta:
–¿Qué haces aquí?
La señora Drucker señala hacia dentro con la cabeza.
–Éste, que quiere echarme un polvo. Le he dicho que ni tocarme sin pasar antes por la ducha.
Yo sé que «éste» es su marido. «Éste» siempre es el marido.
–¿Por qué? ¿Tan sucio está? –dice mi madre.
–Es un cerdo asqueroso –dice la señora Drucker.
–Drucker, eres una puta –dice mi madre.
La señora Drucker se encoge de hombros.
–No puedo montar en metro –dice.
En el Bronx, «montar en metro» era un eufemismo para ir a trabajar.

Viví en aquel bloque de pisos entre los seis y los veintiún años. En total había veinte apartamentos, cuatro por planta, y lo único que recuerdo es un edificio lleno de mujeres. Apenas recuerdo a ningún hombre. Estaban por todas partes, claro está –maridos, padres, hermanos–, pero sólo recuerdo a las mujeres. Y las recuerdo a todas tan toscas como la señora Drucker o tan feroces como mi madre. Nunca hablaban como si supiesen quiénes eran, como si comprendieran el trato que habían hecho con la vida, pero a menudo actuaban como si lo supiesen. Astutas, irascibles, iletradas, parecían sacadas de una novela de Dreiser. Había años de aparente calma y, de repente, cundían el pánico y la locura: dos o tres vidas marcadas (quizá arruinadas) y el tumulto se apagaba. De nuevo calma silenciosa, letargo erótico, la normalidad de la abnegación cotidiana. Y yo –la niña que crecía entre todas ellas, formándose a su imagen y semejanza– me empapaba de ellas como de cloroformo impregnado en un paño apretado contra mi cara. He tardado treinta años en entender cuánto entendí de ellas.

Mi madre y yo hemos salido a dar un paseo. Le pregunto si recuerda a las mujeres de aquel edificio del Bronx.
–Cómo no –responde.
Le digo que siempre he pensado que la rabia sexual era lo que las hacía estar tan locas.
–Totalmente –afirma sin aminorar el paso–. ¿Te acuerdas de la Drucker? Solía decir que si no se hubiese fumado un cigarrillo mientras tenía relaciones con su marido se habría tirado por la ventana. ¿Y Zimmerman, la de enfrente? La casaron a los dieciséis, odiaba al tipo a muerte y solía decir que si se mataba en el trabajo (era obrero de la construcción) sería un mitzvah. –Mi madre se detiene. El volumen de su voz disminuye, sobrecogida por su propio recuerdo–. De hecho, él solía tomarla por la fuerza –dice–. La pillaba en mitad del salón y la arrastraba hasta la cama. –Se queda mirando al vacío durante un momento. A continuación, me dice–: Los hombres europeos. Eran unos animales. Unos auténticos animales. –Retoma el paso–. Una vez, la Zimmerman lo dejó fuera. Él tocó nuestro timbre. No se dignó a mirarme. Preguntó si podía usar nuestra salida de incendios. Yo no le dirigí la palabra. Cruzó toda la casa y salió por la ventana. –Mi madre se echa a reír–. Esa salida de incendios, ¡qué buenos servicios nos prestó! ¿Te acuerdas de Cessa, la de arriba? No, claro, seguro que no te acuerdas. Vivió apenas un año justo después de mudarnos nosotros y luego ya fue cuando llegaron los rusos. Pues la Cessa y yo nos llevábamos muy bien. Si me paro a pensar, se me hace raro. Apenas nos conocíamos, incluyo a todas, a veces ni nos hablábamos, pero vivíamos unas encima de las otras y nos pasábamos el día saliendo y entrando las unas de casa de las otras. Todo el mundo se enteraba de todo nada más pasar. Unos pocos meses en el edificio y las mujeres ya eran, digamos, íntimas.
»Pues esta Cessa era una mujer joven y guapa que llevaba casada sólo unos pocos años. No quería a su marido, aunque tampoco lo odiaba. De hecho, él era un hombre bastante agradable. Qué quieres que te diga, no lo quería, así que se pasaba todo el día fuera de casa. Creo que se había buscado un amante por ahí. En fin, tenía una melena negra que le llegaba hasta el culo. Un día, se la cortó. Quería ser moderna. Su marido no le dijo nada, pero su padre llegó a la casa, le echó un vistazo a su pelo corto y le arreó un bofetón que casi la manda al otro barrio. Después, le ordenó al marido que la dejase encerrada en casa durante un mes. Solía bajar por la escalera de incendios hasta mi ventana para salir por la puerta de nuestra casa. Todas las tardes durante un mes. Un día, a su vuelta, nos tomamos las dos un café en la cocina y le digo: «Cessa, dile a tu padre que esto son los Estados Unidos, Cessa, los Estados Unidos. Eres una mujer libre». Ella me mira y dice: «¿Qué quieres? ¿Que le diga a mi padre que esto son los Estados Unidos? Pero si nació en Brooklyn».

La relación con mi madre no es buena y, a medida que nuestras vidas se van acumulando, a menudo tengo la sensación de que empeora. Estamos atrapadas en un estrecho canal de familiaridad, intenso y vinculante: durante años surge por temporadas un agotamiento, una especie de debilitamiento, entre nosotras. Después, la ira brota de nuevo, ardiente y clara, erótica en su habilidad para llamar la atención. Últimamente estamos a malas. La manera que tiene mi madre de «lidiar» con los malos momentos es echarme en cara a gritos y en público la verdad. Cada vez que me ve, dice: «Me odias. Sé que me odias». Voy a hacerle una visita y a cualquiera que esté presente –un vecino, un amigo, mi hermano, uno de mis sobrinos– le dice: «Me odia. No sé qué tiene contra mí, pero me odia». Del mismo modo, es perfectamente capaz de parar por la calle a un completo desconocido cuando salimos a pasear y soltarle: «Ésta es mi hija. Me odia». Y a continuación se dirige a mí e implora: «¿Pero qué te he hecho yo para que me odies tanto?». Nunca le respondo. Sé que arde de rabia y me alegra verla así. ¿Y por qué no? Yo también ardo de rabia.
Pero paseamos por las calles de Nueva York juntas continuamente. Ahora ambas vivimos en el Lower Manhattan, nuestros apartamentos están a kilómetro y medio de distancia y, cuando nos visitamos, lo hacemos a pie. Mi madre es una campesina urbana y yo soy la hija de mi madre. La ciudad es nuestro elemento natural. Las dos tenemos aventuras a diario con conductores de autobús, mendigas que arrastran carritos, acomodadores y locos callejeros. Pasear saca lo mejor de nosotras. Yo ahora tengo cuarenta y cinco años y mi madre, setenta y siete. Está fuerte y sana. Recorre la isla conmigo sin dificultad. Durante estos paseos no nos queremos, sino que a menudo rabiamos una contra la otra, pero de todas formas paseamos.
Nuestros mejores momentos juntas son cuando hablamos del pasado. Yo le digo: «Mamá, ¿te acuerdas de la señora Kornfeld? Cuéntame esa historia otra vez», y ella se recrea contándomela de nuevo. (Lo único que odia es el presente; en cuanto el presente se hace pasado, comienza a amarlo inmediatamente). Cada vez que cuenta la historia, es la misma y también es completamente distinta, porque cada vez que la oigo soy más mayor y se me ocurren preguntas que no le hice la última vez.
La primera vez que mi madre me contó que su tío Sol había intentado acostarse con ella, yo tenía veintidós y la escuché en silencio: embobada y aterrorizada. Me sabía de memoria los antecedentes. Ella era la menor de dieciocho hermanos, ocho de los cuales sobrevivieron hasta la edad adulta. (Imaginaos: mi abuela se pasó veinte años embarazada). Cuando la familia llegó a Nueva York desde Rusia, Sol, el hermano menor de mi abuela y de la misma edad que su hijo mayor (su madre también se había pasado veinte años embarazada), iba con ellos. Los dos hermanos mayores de mi madre habían llegado unos años antes que el resto de la familia, para trabajar en la industria textil, y habían alquilado un piso sin agua caliente en el Lower East Side para los once: baño en el pasillo, cocina de carbón, una hilera de oscuros cuchitriles interiores. Mi madre, que por entonces tenía diez años, dormía sobre dos sillas en la cocina porque mi abuela tenía un inquilino.
A Sol lo habían llamado a las durante la Primera Guerra Mundial y lo enviaron a Europa. Cuando volvió a Nueva York, mi madre tenía dieciséis años y era la única hija que quedaba en casa. Así que aquí llega, un desconocido lleno de glamur, la sobrinita que había dejado atrás ahora es casi una mujer, con ojos negros, una melenita brillante y castaña y una sonrisa arrebatadora, encantos que fingía no saber cómo emplear (ése fue siempre el estilo de mi madre: una coquetería descarada libre de la más mínima vergüenza), y empieza a dormir en uno de aquellos cuchitriles a un par de paredes de ella, con los padres de la chica roncando ruidosamente en el extremo opuesto del apartamento.
–Una noche –contaba mi madre–, me desperté sobresaltada, no sé por qué, y de pronto vi que Sol estaba encima de mí. Empecé a decir: «¿Qué pasa?». Creí que les había ocurrido algo a mis padres, pero estaba tan raro que pensé que igual era sonámbulo. No me dijo ni una sola palabra. Me tomó en brazos y me llevó hasta su habitación. Me echó sobre la cama, se puso a mi lado y me rodeó con los brazos, y empezó a acariciarme el cuerpo. Entonces me levantó el camisón y se puso a acariciarme el muslo. Y de repente me apartó y dijo: «Vuelve a tu cama». Yo me levanté y volví a acostarme. Nunca habló de lo que sucedió aquella noche, ni yo tampoco.
La segunda vez que oí la historia yo tenía treinta años. La repitió prácticamente palabra por palabra mientras subíamos por la avenida Lexington, a la altura de las calles que empiezan por sesenta. Cuando llegó al final, le dije:
–¿Y tú nunca le dijiste nada?
Ella negó con la cabeza.
–¿Y por qué, mamá? –pregunté.
Abrió los ojos de par en par, frunció los labios.
–No lo sé –respondió desconcertada–. Sólo sé que tenía mucho miedo. –La miré, como ella decía, «raro»–. ¿Qué pasa? –preguntó–. ¿No te gusta mi respuesta?
–No –protesté–, no es eso. Es que me extraña que no pronunciaras ni una sola palabra, que no mostraras tus miedos de ninguna manera.
La tercera vez que me contó la historia yo estaba a punto de cumplir los cuarenta. Íbamos caminando por la Octava Avenida y, a medida que nos íbamos acercando a la calle Cuarenta y dos, le dije:
–Mamá, ¿alguna vez se te ha ocurrido preguntarte por qué te quedaste callada cuando Sol intentó seducirte?
Me lanzó una breve mirada. Pero esta vez me llevaba la delantera.
–¿Adónde quieres llegar? –preguntó enfadada–. ¿Insinúas que me estaba gustando? ¿Es ahí adonde quieres llegar?
Me entró un risa tensa y maliciosa.
–No, mamá. No me refería a eso. Lo que digo es que se me hace raro que no dijeras nada.
Volvió a repetir que estaba muy asustada.
–¡Anda ya! —respondí secamente.
–Me das asco –me soltó furiosa en plena calle–. La sabelotodo de mi hija. Tendría que mandarte a la universidad para que te sacaras un par de títulos más, de lo sabelotodo que eres. Ahora resulta que yo quería que mi tío me violase, ¿no? ¡Menuda ocurrencia!
Después de aquel paseo, estuvimos un mes sin hablarnos.

Vivian Gornick
Apegos feroces
Sexto Piso, México, 2017


Vivian Gornick
Poster de T.A.


Vivian Gornick (Nueva York, 14 de junio de 1935) es periodista y crítica de alto rango. Fue reportera de The Village People en los setenta. Sus trabajos han sido publicados, entre otros, por The New York Times, The Nation y The Atlantic Monthly. Fierce Attachments, de 1987, ahora traducido por Sexto Piso como Apegos feroces, es el más apreciado de sus once títulos. En realidad, una obra maestra.





DE OTROS MUNDOS

MESTER DE BREVERÍA

DRAGON

RIMBAUD 
Vivian Gornick dans les joutes de sa mère / Amours dramatiques à New York
Viviane Gornick  / Le livre de ma mère / Attachement féroce

DANTE
Vivian Gornick / Tra figlia e madre l’amore è feroce / Jonathan Lethem

FOTOS DE TRIUNFO ARCINIEGAS
Retratos ajenos / Vivian Gornick