domingo, 20 de abril de 2014

Diario / García Márquez por Triunfo Arciniegas



Triunfo Arciniegas
GARCÍA MÁRQUEZ
19 de abril de 2014

Leí Cien años de soledad a mis once o doce años, en la biblioteca pública de Málaga, y no entendí gran cosa. Pero aún recuerdo el estado de hechizamiento en que me sumergí. He leído este libro unas siete veces, no tanto como El coronel no tiene quien le escriba, y nunca me ha defraudado. He leído los cuentos de García Márquez una y otra vez, con lápiz en mano, con profundo regocijo. Admiro no solo los libros mencionados sino también El amor en los tiempos del cóleraCrónica de una muerte anunciada. García Márquez era, además, un periodista maravilloso, un hacedor de frases deslumbrantes, un mago en las entrevistas. Era un orfebre del lenguaje.

Nunca me tomé una foto con él, pero en casa tengo todos sus libros. Nunca me firmó un autógrafo, pero he leído con fervor toda su obra. Nunca lo vi en carne y hueso y lo lamento. Estuve a punto en dos ocasiones. La primera vez en Guadalajara, en la famosa feria del libro, en el año de gracia de 2007. Andaban por ahí él y su amigo del alma Álvaro Mutis (con Mutis sí conversé un par de veces, en la Feria del Libro de Bogotá y en Bellas Artes de Ciudad de México). Estuve a menos de cincuenta metros, diría. A la misma hora del homenaje a Álvaro Mutis, con la presencia de García Márquez y otros escritores de peso, me correspondía hacer un taller en el stand de Fondo de Cultura Económica: una contrariedad programada semanas antes. Cuando terminé corrí al salón principal de la feria y ya todo había acabado. La segunda vez fue en Cartagena de Indias, durante un Hay Festival. García Márquez estaba en el teatro Heredia, y yo afuera, siguiendo el evento en una pantalla, sin el boleto de entrada.

Cuando voy al DF, me quedo en Copilco, a unos treinta o cuarenta minutos a pie de San Ángel, el barrio donde vivía García Márquez. Muchas veces quise buscar la calle Fuego y tocar a su puerta, como otro loco más, como otro lector que quiere conocer al escritor que ha leído toda su vida. O esperar frente a la casa 144 (con un par de libros suyos y la cámara en el morral) a que el maestro saliera a tomarse un café. Nunca me atreví.

Y ya se hizo demasiado tarde.




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