martes, 23 de julio de 2013

Diario / Hospital de caridad

Ojos
Sâo Paulo, Brasil, 2013
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Diario
Hospital de caridad
Bogotá, 18 de julio de 2013

La diligencia me llevó más de cuatro horas. Todo el tiempo pensé en el verso de Raúl Gómez Jattin: "Porque cuando me enfermo voy al hospital de caridad". Primero necesité dos horas para encontrar el lugar donde me atendieran. En la primera clínica me exigían que cancelara ciento veinte mil pesos y que, además, firmara un pagaré en blanco Todo por una simple consulta. Los mandé a la mierda, por supuesto. Seguí caminando, con media cara adolorida y paralizada, con el ojo derecho en un chorro de lágrimas, hacia un hospital donde me atendieron unos veinte años atrás. No puedo silbar ni escupir. No tengo necesidad de silbar en este momento, pero el caso es que no puedo hacerlo. Escupir resulta más necesario. Escupir la realidad, por ejemplo.

Vi en una vitrina un chaleco con muchos bolsillos, como para viajar lleno de cosas a otro país, y lo compré, más por los bolsillos que por el chaleco mismo. Y seguí mi recorrido con ese montón de bolsillos en una bolsa negra, una de esas que se usan para sacar la basura. Extraño momento para hacer compras, lo sé. 

Algo perdido, entré a una farmacia y me orientaron hacia otro rumbo, un hospital cuyo nombre me reservo porque no se trata de entablar una demanda sino de de rememorar los hechos. Allí estuve un par de horas, entre el dolor y la desgracia ajenas. Una mujer embarazada se desmayó a mi lado. Otro se acercó casi a rastras al pasillo de los consultorios. Una mujer casi transparente, casi un fantasma, atravesó la sala y dejó caer una bufanda que nadie recogió. Era como si me hubiera colado a una película de zombis. ¿No hay unas miserables sillas de ruedas para que toda esa gente se movilice? Y la televisión encendida en un canal colombiano con la estúpida y requeteestúpida programación de las mañanas, donde gritan y saltan y ríen en vivo como si la vida fuese una suma de trivialidades, donde encuentran acomodo telenovelas y dramatizados de tercera categoría con actores varados en plan de rebusque. ¿Por qué lo hacen? Ahora uno encuentra televisores encendidos hasta en la sopa. ¿Pero por qué en los hospitales? Supongo que para que los pacientes se idioticen y no empiecen a gritar y a romper sillas y ventanas. Dan ganas de gritar.

Un muchacho, con el brazo fracturado, se sentó junto a mí. Más allá, un señor con la cabeza vendada, tan inmóvil y resignado como una estatua. Llegó una pareja de viejos, más cerca de los noventa que de los ochenta. El hombre, sumergido en la silla de ruedas, se quejaba como un niño, y la mujer, encorvada y con sus pocos pelos blancos en absoluto desorden, con sus ropas de pobre y las medias caídas, empujaba la silla. Habían olvidado la cédula. No sé si enviaron por ella o decidieron atenderlos sin esta formalidad. Se acomodaron frente a mí, él todavía hundido en la silla de ruedas, por supuesto. En un momento la mujer acarició la cabeza del hombre. Luego él sacó su peine y empezó a acicalarse sus pocos pelos. Lo imaginé con cincuenta años menos, enamorando muchachas.

En Colombia vivimos fascinados por la burocracia y la complicación de los trámites. Entre más enredada la cosa, más interesante nos parece. El portón se mantiene asegurado con un grueso candado y hay que esperar que venga el portero. Uno puede venir con las tripas fuera pero tiene que esperar a que el portero se digne acercarse. No hay letrero, hay que adivinar. O hacer otra cola a media cuadra, como fue el caso mío, para descubrir el secreto. Ábrete, Sésamo, pensé. Y cuando Sésamo se abre, el paciente se registra, con cédula y todo, y recibe una manilla de identificación. Luego toma un número de un dispensador y se sienta a esperar el turno. Pero resulta que este turno es tan solo para otro registro con cédula y preguntas de todo tipo, hasta religiosas. Me preguntaron si era católico o cristiano, y todavía no sé la diferencia. Es más, casi no sé qué es lo uno o lo otro. ¿Será que el tratamiento de un ojo católico es diferente al del ojo cristiano? ¿O se precisará esta información para pasar al más allá? Di mi dirección y creyeron que Pamplona es un barrio de Bogotá. Solo es el culo del mundo, señores. No lo dije, por supuesto, el dolor me obliga a comportarme como un caballero.  

Después del interrogatorio volví a sentarme y esperé más de una hora para que me atendiera una doctora muy joven y distante, imagino que en su año de práctica, en el consultorio 3. Me despachó en menos de cinco minutos. Más demora una peluqueada, desde luego. Pero, en fin, echando a pique se aprende. Me dijo la rubia y delicada doctora que tenía una parálisis facial periférica y anotó dos remedios. "Son baratos pero no significa que sean malos", dijo. Me sentí miserable, apretando la bolsa negra del chaleco, tal vez con cara de reciclador, de torcido recliclador, para más señas, y me di cuenta que la doctora daba por hecho que no tenía donde caerme muerto. Pero luego pensé "parálisis parcial periférica", mmm, nada parecido a un carranchín, y hasta me sentí importante. Explicó la rubia y seca doctora que no me ingresaba porque debía pagar un dinero. Aliviar el dolor era lo que más necesitaba, después de saber la naturaleza del mal, y salir corriendo de allí. Fui con la fórmula a facturación para cancelar la consulta, pero me pidieron que esperara. Media hora después seguía esperando. Me atreví a acercarme para explicar que necesitaba irme y me dijeron que esperaban el trag o algo así, una palabra que nunca había escuchado. "¿Dónde se saca?" Me señalaron una oficina y allí pedí el dichoso documento. Pero allí no lo expedían. ¿Entonces en dónde? Me dijeron que buscara al doctor que me atendió. Y fui al consultorio 3. Allí estaba la doctora, la rubia, la distante, sin ningún paciente, sin hacer nada. Le pedí el documento y dijo que lo enviaba en un momento. ¿Por qué demonios no lo había hecho antes? 

La bolsa negra del chaleco había desaparecido. Desanduve el camino hasta que la encontré debajo de una silla y me sentí como el niño que recupera su almohada consentida.

Diez minutos después me dieron la salida. Con un papel firmado fui a donde me habían puesto la manilla y luego un uniformado me llevó hasta el grueso candado del portón.

Creo que uno debe enfermarse no más para conocer los trámites, y una vez que se convierte en experto, con toda confianza, y el alma en un hilo, acudir en serio al hospital.

Salí a la calle y pedí un taxi. El primer tipo no quiso llevarme al centro, una zona congestionada a mediodía. Le dije que iba a denunciarlo y me hizo un gesto amenazante, como si quisiera abandonar el taxi para venir a golpearme. En Bogotá los taxistas van donde les convenga, no donde el usuario necesita. Y no es la primera vez ni será la última que se me presenta esta situación. Alguien menos desconsiderado me llevó al fin hasta el centro, mi eterno territorio. Acudí a una farmacia de la Séptima. Allí mismo, la noche anterior me aplicaron una inyección y me aconsejaron que, según como amaneciera, consultara un doctor. "Volví", les dije, aireando el par de hojas que me dieron en el hospital, creyéndome muy cerca del alivio. De pronto, uno de los farmaceutas detalló la fórmula y se disculpó antes de rebatirla, y me dedicó la atención que no obtuve de la doctora. Esto es para la infección y lo suyo no es una infección, vecinito, esto es para esto. Una hermanita del farmaceuta había pasado por el mismo trance de retorcimiento. Pinche doctora. Decidí confiar en el farmaceuta, que al menos me atendió mejor, y terminé aplicándome la inyección que me sugirió. Es decir, toda una mañana perdida, toda una maratón para nada, toda una camisa empapada. El farmaceuta me puso el parche en el ojo derecho y me dio su teléfono para que lo llamara a cualquiera hora. Me citó para el lunes. Que se mejore, vecinito, y masque chicle todo el tiempo. Tengo el párpado cada vez más caído. Y el ojo no cierra del todo. Ya veremos qué pasa. Ya veremos, dijo el ciego. Soy un pirata y navego en mares infestados de tiburones.





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